Lo que Jäcki quería saber principalmente en Chile era si un régimen socialista como el de Allende, que les daba un litro de leche diario a los niños hambrientos, les había concedido su octava partecita de crema a los maricones, o al menos la mitad de eso.

Pues Jäcki, que en estos dos meses se había decidido por el socialismo, un socialismo sin duda muy particular, pues el socialismo filosófico ortodoxo le era refutado a diario por la explosión demográfica y la tecnocracia, también por la tecnocracia marxista.

¿Cómo podría uno, frente a la cordillera de hielo, creer en el avance constante de la humanidad?

Jäcki no estaba listo para traicionar una revolución, la revolución en contra del cristianismo y el idealismo por otra en contra del, cómo se dice… imperialismo.

No, como maricón, Jäcki no iba a someterse al socialismo.

Después de aquella entrevista con un miembro del gobierno de Allende, se dirigió a uno de los baños turcos donde lo rodearon los miembros del pueblo de Santiago de Chile.

A Catedral. A Las Delicias, donde, abajo, uno se duchaba entre trabajadores indios, y, después, arriba, participaba de orgías.

Decadentes con pichulas de burro y junto a ellos siempre un joven indio con un divino culo andino, que, mientras se quejaba, dejaba que todos se la metieran.

Era uno de esos establecimientos que, gracias a la complicidad con el tiempo que fuera, soportaría en todas partes cualquier revolución.

Pues los maricas, Jäcki estaba convencido, son la revolución más antigua, la permanente, la que nunca se supera.

Un día, una especie de revista traía el titular: “Los invertidos arrestados son los siguientes”. Y toda la portada llena de nombres, y direcciones, y profesiones.

Jäcki se lo mostró al ministro de justicia.

Ésa es la nueva política sexual de Allende.

Por el amor de Dios, no, un periódico popular delirante.

Jäcki se lo mostró a Chonchol, el ministro de agricultura que bajo una  hermosa gris y desoladora pintura urbana de Bernard Buffet trabajaba en la reforma agraria.

¿Ésta es la nueva política sexual de Allende?

Por el amor de dios, no, dijo Chonchol.

Un periódico comunista ortodoxo.

Sabe, Allende no era el candidato presidencial de los comunistas.

Era Pablo Neruda.

Y Jäcki llevó el periódico también a la entrevista con Allende.

Y si Allende no hubiera tenido que irse…

Su hija entró y le susurró al oído una catástrofe socialista.

¿Es la hija que se suicidó en la Habana?

¿Dónde se suicidó la hermana de Allende?

Jäcki también hubiera preguntado sobre la nueva política sexual junto a la chimenea presidencial.

Jäcki confiaba en Allende.

Se hubiera dejado curar por él de una hepatitis.

Jäcki no sabía dónde, en el hombre tranquilo y agradable que quería ser simpático con Jäcki e Irma, terminaban las máscaras y comenzaba la carne sensible.

En todo caso, la mímica estaba bien incorporada

y Jäcki sabía: Allende no fue derrocado porque le faltaran artimañas,

sino más bien porque le sobraban tretas.

Jäcki recordó la primera conferencia de prensa.

Todos los leones de la opinión del mundo estaban allí sentados.

Los corresponsales de Le Monde, el New York Times, el Pravda.

Iluminados por la televisión nacional y socialista a través de sexys y jóvenes técnicos, todos con barba.

Jäcki temía desmayarse en ese mar de capacidades.

Entonces llegó Allende con una banda presidencial levemente más ancha que lo normal.

Silencio.

El jefe de gobierno del extremo árido de Sudamérica, que fastidió tanto a todos, a los Estados Unidos, a la Unión Soviética, a China y a la República Federal Alemana, que los fastidió terriblemente como un callo, estaba ahí y los tiburones de la prensa internacional tenían la vista clavada en él.

Jorquera, el jefe de prensa, se puso muy nervioso y empezó a agitar los brazos, para provocar una tormenta de curiosidad que no tuvo efecto.

Jäcki se presentó después de tres minutos de vacío y

preguntó por la libertad de prensa.

Una fórmula retórica digna y trivial.

El vacío continuaba.

Jäcki preguntó por la tolerancia de la literatura opositora, considerando Cuba.

Allende, algo irritado, sigue diciendo generalidades.

Movimiento de brazos.

Nada.

Ahora Jäcki: qué quieren decir realmente él

y Borges.

Allende furioso:

Chile es hace varios siglos una nación literaria

y ahora no quisiera seguir hablando sobre el tema

Bueno, está bien, pensó Jäcki

solamente quería salvar tu conferencia de prensa.

Jorquera agitaba, agitaba, agitaba.

Pero Jäcki se había sentado de forma tal que parecía completamente sumido en sus papeles sin la posibilidad de percibir los movimientos de Jorquera.

La conferencia de prensa fue interrumpida por falta de preguntas.

Y antes de que Jäcki pudiera alzar la vista de sus notas sobre saunas, parques, hoteles, platos indígenas, toros sementales asesinados durante la reforma agraria, Allende ya estaba parado junto a él y se disculpó.

Off the record.

—Entonces es así como se hace.

—Frente a los servicios secretos se despotrica contra el decadente.

—En privado se lo invita a una clase sobre cómo sonreír satisfecho.

—¡¿Una entrevista para Die Zeit?!

—¡Cómo no!

En dos ocasiones, el jefe de estado no estuvo disponible.

Y Jäcki perdió nuevamente dos tardes.

Sin grandes sentimientos de triunfo se dirigió al Catedral y a Las Delicias.

Los cines de Santiago, alguna vez florecientes, seguramente habían sido intimidados por la portada de la revista.

En unos pocos rincones, cincuenta hombres se apretujaban unos con otros.

Como en Buenos Aires.

No para hacer algo, sino solamente para tener la sensación de estar violentamente incluidos en un bodoque de personas:

—¡Falto yo!

—¡Todavía estamos aquí!

Quizás fue Jorquera el que inventó esas trampas, después de seis semanas de esperar en la antecámara.

Carlos Jorquera, un macho socialista, un periodista

internacional gracias a su lengua,

Santiago, Buenos Aires, Cuba, México, Madrid. ¡Las Filipinas!

Un periodista sensacionalista que llegó a vocero presidencial y ahora podía tutelar a los colegas: ¡incluso a aquellos de la República Federal Alemana!

La tercera vez, Jäcki esperó y probó nuevamente la grabadora.

Que no anduvo.

Carlos dejó la sala asqueado.

Desde cada poro de Jäcki un ojo controlaba las yemas de los dedos de Jäcki.

Respiró profundo.

Y desarmó el aparato completo.

Una prueba más.

Anduvo.

Llamaron a Jäcki e Irma para encontrarse con el presidente.

Carlos Jorquera había desaparecido.

Pero Jäcki lo iba a volver a ver.

En un par de años,

aeropuerto.

Venezuela.

Carlos Jorquera había estado durante meses en un campo de concentración.

Su familia,

su madre.

Lo habían intercambiado, escribieron los diarios.

Estaba solo en el aeropuerto.

Jäcki y él se abrazaron.

Carlos lo abrazó cálidamente.

Lloraron juntos durante un largo rato.

Después Jäcki dijo:

no poseo nada, salvo mi crédito.

Y le pasó a Carlos su tarjeta American Express.

Carlos se la devolvió.

Se había transformado otra vez en un periodista perseguido, perseguidor.

El vocero de prensa, el director de la oficina de información todo eso le fue arrancado.

Carlos Jorquera le dio a Jäcki una noche una entrevista en el Parque Central.

Luego estuvieron sentados durante un momento en el estacionamiento.

Después se separaron.

 

—Carlos, los medios dicen que no hay más prisioneros políticos en Chile, que la Junta militar ha liberado a los últimos detenidos políticos. ¿Es verdad? ¿Qué significa esa noticia?

—No, no es así. Los prisioneros políticos fueron detenidos el mismo día del golpe militar. Desde el primer momento, recibieron diferentes clasificaciones. Yo mismo fue prisionero político, prisionero de guerra, delincuente común, detenido del estado de excepción, de forma que nunca pude saber lo que realmente era, pues si efectivamente hubiese sido un prisionero de guerra, podría haber apelado a la convención de Ginebra. Pero te puedo asegurar que siempre fui lo que más me dañaba. Esta experiencia mía es la experiencia de miles de compañeros. Yo soy uno de los pocos sobrevivientes de la Moneda. Han pasado cuatro años desde el golpe militar y todavía no se ha dado ninguna explicación respecto a lo que sucedió con el resto de los colaboradores cercanos del presidente Allende, los que estaban con él y conmigo en la Moneda. Nadie ha dicho una palabra sobre los médicos como Enrique Paris, Eduardo Paredes, Rodolfo Pincheira, los abogados como Arsenio Poupin, los economistas importantes como Jaime Barrios, etc., etc., y no han dicho dónde han sido enterrados sus cuerpos, si es que se los enterró… Y esto es así desde el 2 de septiembre de 1973. Frente a la capacidad sin límites de mentir que distingue a la Junta, no sorprende que afirmen que no hay más presos políticos. ¿Y Erich Schnacke, el senador socialista que estuvo conmigo en la Isla Dawson?

¿Y el abogado Carlos Lazo? Podría darte miles de nombres de compañeros cuyo paradero desconocemos. Díaz Yturrieta del Partido Comunista, Mario Zamorano, el profesor Fernando Ortiz, Ponce, Lorca, Lagos, del Partido socialista, ¿dónde están? Nosotros, los chilenos exiliados hemos entregado largas listas de desaparecidos a las Naciones Unidas. ¿Dónde están nuestros compañeros? ¿Los 119 que la Junta Militar hizo desaparecer en Argentina? ¿Dónde están?

Bernardo Araya el luchador sindical, de más de setenta años. ¿Dónde está Bernardo Araya? ¿Dónde está la mujer de Bernardo Araya? ¿Dónde están los hijos de Bernardo Araya? ¿Los nietos de Bernardo Araya?

Una Junta que tiene la capacidad de matar, que hace desaparecer los cadáveres, es perfectamente capaz de formular una enorme mentira y de afirmar que no hay más prisioneros políticos en Chile. Mi país entero es una cárcel.

—¿Puedes hablar de tus experiencias en los campos de concentración de la Junta?

—Me acusaron de numerosos crímenes: contrabando de armas, contrabando de drogas, espionaje para Fidel Castro, espionaje para la Unión Soviética, no sé si también me acusaron de espionaje para Venezuela; lo hicieron en publicaciones oficiales (en Chile son todas las publicaciones oficiales, pues no existe la libertad de prensa) con fotos, fragmentos de cartas que demostraban mi supuesta participación en conspiraciones antidemocráticas. Me acusaron de ocupar casas, mansiones. Yo ingresé a este país, a Venezuela, en 1975, con tres dólares; eso era todo lo que poseía después de cincuenta años de ejercer el periodismo… No pudieron probarme nada, porque no hay nada que probar. Dijeron lo mismo de los compañeros, los acusaron de robo; no pudieron probarles nada, porque nada era verdad. Nuestro nivel de vida como funcionarios del gobierno empeoró esencialmente en comparación a nuestro nivel de vida anterior: en este sentido cualquiera de nosotros sale airoso de la comparación con cualquier miembro de la Junta. ¡Señores que poseen, cuatro o cinco mansiones! ¡Cuántos miembros de la Junta se han comprado haciendas en Paraguay! ¡La cantidad de dinero que han sacado del país y han depositado en los bancos suizos! Tienen los autos más modernos. Esa es la vida de los señores que se presentaron como Papas de la virtud y la pureza. En estos años, el pueblo se ha dado cuenta de quiénes éramos y quiénes somos.

Y al Presidente Allende le han encontrado tres paquetitos de canela.

—¿Qué torturas hubo en los campos de concentración de la Junta?

—Yo tuve la “suerte” de ser clasificado como uno de los jerarcas del marxismo. ¡Pobre Marx! La principal tortura para nosotros consistía en exponernos a situaciones humillantes frente a los doscientos, trescientos, cuatrocientos, compañeros comunes, un ex ministro, un vicepresidente de la República, un secretario general de un partido, el rector de una universidad, se los forzaba a realizar lamentables trabajos duros y se les decía: ¡ésos eran sus líderes!

No me gustaría hablar de las torturas convencionales, de las descargas de electricidad en los genitales, eso lo sabe todo el mundo, eso lo vivieron todos. Hablo de otro tipo de tortura: durante tres meses no supimos nada de nuestras familias. Simularon fusilamientos, siempre luchas a cualquier hora de la noche. Se trataba de un plan para degradarnos moralmente, pues sabían que la tortura común y corriente nos haría más fuertes en lugar de cansarnos.

Después de la Isla Dawson me llevaron a un calabozo. No puedo decir por cuánto tiempo. No hablaba con nadie. A mi alrededor solo tenía dos metros para moverme. No sabía si era de día o de noche. No sabía dónde estaba. Me mantuvieron en una angustia permanente. Querían hacerme pedazos para poder inculparme. No tuve ni siquiera una vez la oportunidad de consultar a un abogado.

Nos sometieron a una forma de tortura ideada científicamente. Como nos explicó Edgardo Enriques Froedden, un médico que estaba preso con nosotros, la comida estaba orientada a debilitar nuestra voluntad. Se utilizaron las experiencias realizadas en otros campos de concentración, especialmente en Alemania; aparentemente se trata de una falta de potasio. Uno siente unas ganas enormes de orinar, día y noche.

Además, debíamos arrastrar bolsas con piedras durante todo el día, sin pausa. La mayor parte de nosotros lo soportaba, yo estaba entre los que menos lo hacía. Me caía con frecuencia. Físicamente no lo soportaba, moralmente sí.

—¿Cómo se aguanta algo así? ¿Qué se siente?

—No hay ninguna receta. Depende mucho del estado de ánimo. Yo soporté lo que podía soportar. Tal vez, hay otras cosas que no hubiera aguantado. No violaron a mi hija en mi presencia… No puedo afirmar que hubiera soportado algo así y, entonces, ellos habrían logrado ponerme como un traidor y un delator ante mi gente.

En la Isla Dawson conocimos a muchos psicópatas. Oficiales que se paraban con granadas frente a nuestros platos. Simplemente pensábamos: si morimos, morimos. Ahora tenemos que comer. Oficiales que nos ponían la ametralladora en la boca junto con una cuchara. Oficiales, no soldados. Entre los oficiales había algunos mormones que nos querían instruir por la noche; nos leían los salmos, nos bendecían y nos decían: al más mínimo movimiento les disparamos. Pero de la misma forma en que recuerdo a estos psicópatas, tampoco se me olvidarán algunos gestos humanos y civilizados de otros que también llevaban uniforme. Siempre hay personas que son diferentes.

—¿Hubo tortura bajo los gobiernos anteriores de Alessandri, Frei y Allende?

—La tortura era prácticamente desconocida en Chile. Incluso recuerdo que cuando apareció La Gangrène, un libro que habla de la tortura durante la guerra de Argelia, todo el mundo decía: ¡qué espantoso! Cuánta crueldad. Qué suerte que algo así nunca sucederá entre nosotros.

Ahora bien, los malos tratos existían, tratos brutales hacia los delincuentes comunes en las comisarías. Desde el inicio del gobierno de la Unidad Popular, los colaboradores cercanos de Allende hicieron los mayores esfuerzos para que nadie, ni siquiera los peores delincuentes, fuera sometido a ninguna forma de tortura. Teníamos que formar al hombre nuevo, con nuevas palabras y claramente ningún revolucionario podía ser un torturador. Un torturador se encuentra en el más alto escalón de la indignidad humana y jamás podría ser nuestro compañero. Nunca. La tortura como algo premeditado que le da placer al que la lleva a cabo es una de las cosas más desdichadas que ha producido la especie humana. Nuestro gobierno hizo grandes esfuerzos para erradicar tales prácticas policiales, la tortura no existía como herramienta política. Bajo el gobierno de Allende no hubo prisioneros políticos, jamás. De otra forma, la mayor parte del parlamento que estaba contra nosotros habría estado preso al igual que la mayoría de los periodistas.

—¿Cómo explicas que, de repente, de un pueblo tan humano y cultivado como el chileno, pueda surgir toda una maquinaria de la tortura, una armada de torturadores y asesinos?

—Ésa es una de las grandes preguntas que nos hacemos en Chile y no encontramos respuesta. Hasta ahora, no he conocido a nadie que tenga una respuesta para eso. Cuando uno observa la tortura en Chile, tiene ganas de negar su pertenencia a este pueblo. Afortunadamente, hay una gran cantidad de chilenos que se rebelan contra la tortura y luchan contra ella. Tuvimos experiencias muy pero muy dolorosas y desearíamos hacerles comprender a otros pueblos que ningún pueblo es inmune al fascismo. Esto lo hemos aprendido con mucho dolor. Chile jamás se repondrá de esta atrocidad. Nunca he escuchado o leído una explicación para esto. Y no puede haberla.

—Actualmente, se habla mucho de los derechos humanos. Tú eres político. Conoces los mecanismos del poder. ¿Qué posibilidades prácticas ves de que el gobierno avance hacia un lugar en el que no torture, no mate, no mantenga campos de concentración?

—Me da la impresión de que las explicaciones puramente retóricas no conducen a nada. Pinochet no dejará de torturar y matar. Hace poco, Carlos Andrés Pérez, el presidente de Venezuela, propuso una fórmula que me parece adecuada. Debería crearse un organismo supranacional para controlar los derechos humanos en cada país e imponer castigos a aquellos que violen los derechos humanos, no solo en el plano moral, sino también en el marco de las relaciones económicas. Pienso que un medio efectivo de terminar con la tortura en Chile, y con la desaparición de personas, que en realidad es un problema más grande que las torturas, sería bloquear económicamente a la Junta… La Junta se sostiene solo gracias a la ayuda extranjera. La producción en el país, según estiman los expertos más conservadores, ha caído al nivel que tenía hace treinta o cuarenta años.

El golpe de Pinochet fue la consecuencia de una intervención extranjera. Exigimos que terminen las intervenciones extranjeras en Chile. Pinochet ha recibido más dinero de los Estados Unidos que lo que recibieron Alessandri, Frei y Allende juntos. Es una intervención abierta y claramente desvergonzada. Hemos demostrado que Estados Unidos promovió el golpe militar. Hacemos una diferencia entre el gobierno de Nixon y Kissinger y el de Carter y Vance. Sabemos que esa diferencia existe. Le decimos a Carter: ¡no siga interviniendo! Si quiere ser coherente con sus declaraciones sobre los derechos humanos. ¡No siga interviniendo! ¡Saque sus manos de nuestro país! Nosotros, los chilenos, resolveremos solos nuestros problemas.

Estados Unidos financia la política de la Junta y Carter no puede ignorarlo, porque lo hemos probado con hechos concretos, oficiales, ante el gobierno, ante la Casa Blanca, ante el Departamento de Estado. Estados Unidos sabe cuánto les cuesta Pinochet por día. Critican a Fidel Castro porque recibe un millón diario de la Unión Soviética… Y no es que quiera defender a Fidel Castro, pero les digo a los norteamericanos: Pinochet cuesta tres veces más; les cuesta a los Estados Unidos, tres millones de dólares por día.

—Existen distintos intentos de autocrítica por parte de algunos miembros de la Unidad Popular. ¿Cuáles fueron, según su punto de vista, los grandes errores de la Unidad Popular y del gobierno de Allende?

—En primer lugar, debo decir que no soy un militante de la Unidad Popular. No lucho por ningún partido. Yo era un colaborador cercano del presidente Allende después de una amistad de más de veinte años. Obviamente cometimos muchos errores. Todos los gobiernos cometen errores. Seguramente, nuestros errores fueron especialmente grandes. Se sabe que los últimos meses del gobierno del presidente Allende fueron muy tensos, muy difíciles. Y esos últimos meses empañaron el recuerdo de la gente. Pero se olvida que, al menos, los dos primeros años del gobierno del presidente Allende fueron los mejores años que el pueblo ha vivido en la historia de Chile. El pueblo se sintió más digno, más alegre, tenía un futuro claro. Se respetó la dignidad de la persona humana en todas sus dimensiones. No hubo prisioneros políticos, ni censura de prensa, ni persecuciones. Eso no lo digo yo solamente, eso lo dicen también los extranjeros que estuvieron en Chile en aquel momento. Este ejemplo fascinó al mundo. Un país diminuto como el nuestro que se transformó en un faro, cuyo fundamento más importante fue la persona humana. Obviamente, cometimos errores. Pero no podemos olvidar que la lucha por derrocar a Allende comenzó desde el mismísimo momento en que él llegó al poder, y de parte del enemigo más poderoso que pueda existir, la CIA. El cadáver del general Schneider es una prueba de lo que estoy diciendo. Bajos tales condiciones, nos sostuvimos tres años. Tres años.

—En ambientes tanto de izquierda como de derecha se suele decir que Allende era incapaz a nivel político, táctico…

—¿Qué otro político habría tenido la habilidad y la capacidad de permanecer en el poder bajo tales condiciones? Además, teníamos a la gran masa del pueblo de nuestro lado.  Por eso nos fue declarada la guerra, por eso masacraron a nuestros compañeros, por eso nuestras fuerzas armadas fueron transformadas en un ejército de ocupación dentro del propio país que tuvo que humillar al propio pueblo: lo último, lo más miserable a lo que se puede forzar a los soldados. Esta situación continúa. ¿Dónde existe otro régimen en el mundo que en tiempos de paz mantenga el estado de excepción y la hora límite de circulación a través del toque de queda? Los sospechosos de marxistas están en el exilio o fueron asesinados. Un millón de chilenos viven fuera del país, un 10% de la población total.

Pero hay una pregunta que no quiero eludir. ¿Cuáles fueron nuestros errores más grandes? Faltó coordinación entre los objetivos políticos y económicos, y eso dio lugar a un aislamiento político; en absoluto se trató de un aislamiento social, pues tuvimos siempre la mayoría del pueblo de nuestra parte, pero el aislamiento político nos costó la mayoría en el Congreso, en los Tribunales, en las organizaciones del establishment. Faltó unidad para abordar los detalles de la vida cotidiana.

Otro gran error fue que siempre consideramos que las fuerza armadas eran intocables y como un elemento de moderación frente a los intentos de golpe que siempre hubo en Chile. En eso también nos equivocamos. Y pagamos muy caro nuestros errores. Pero incluso ahora, en el exilio, no existe una unión política como debería existir entre todas las fuerzas antifascistas.

Todavía hay gente que discute sobre si la Junta es o no fascista. Quizás me equivoque, pero eso a mí me da lo mismo. Lo que me parece importante es que la mayor cantidad de fuerzas posibles, con uniforme y sin uniforme, se unan para erradicar este cáncer fascista de Chile: ellos nos llamaban a nosotros el cáncer marxista.

—Hay una fracción de la izquierda que le reprocha a la Unidad Popular el no haber armado al pueblo y sostienen que ése fue el motivo del derrocamiento de Allende.

—Esta opinión se sostiene también frecuentemente en el exilio y siempre he respondido lo mismo: ¿cómo se arma un pueblo? ¿Con qué tipo de cañones? ¿Con qué tipo de lanzagranadas? Me cuesta imaginarme al presidente Allende viajando a través del país y preguntando desde un camión: compañera, ¿qué tipo de ametralladora te gustaría más?, ¿alguna vez has lanzado una granada?

—No.

—Los compañeros creen que todo se soluciona con repartir pistolas y ametralladoras. ¿De qué sirve eso contra un ejército disciplinado y entrenado? Tener armas es algo muy diferente a saber usarlas. Y, además, ¿cómo tendríamos que haber distribuido las armas? ¿A través de los sindicatos, a través de los partidos, a través de las parroquias? ¿Qué armas? ¿Cómo podríamos haber armado a quinientos mil personas sin que se enteraran las fuerzas armadas?

Y sin que lo supiera la CIA.

—Entonces, ¿piensas, como yo, que el intento de Allende de armar al pueblo hubiera conducido a una guerra civil en el transcurso de un mes?

—En menos de un mes. Además, no era realizable. Tendríamos que haber previsto que las armas les fueran dadas a personas responsables y que no cayeran en las manos de irresponsables. Desear es algo distinto a realizar. También habríamos querido un régimen más justo en Chile. Y mira lo que nos ha ocurrido.

—¿Qué ayuda recibió el gobierno de Allende de los estados socialistas, de la Unión Soviética, de la República Democrática Alemana, de Rumania, de Bulgaria, etc.?

—No quiero referirme a ningún estado no capitalista –oficialmente no capitalista– en especial. Nos ayudaron y se lo agradecemos. Sin duda, algunos nos ayudaron a causa de nuestra ubicación geográfica y no por nuestra postura política, pues algunos siguen ayudando a Pinochet, como si no tuvieran que rendir cuentas por eso ya que el gobierno de Allende está terminado. Pero ése es su problema. Permíteme insistir en algo: el problema chileno lo resolveremos los mismos chilenos cuando los países extranjeros nos lo permitan y dejen de intervenir en Chile.

—¿Qué países capitalistas se interesaron por la experiencia chilena de una nueva forma de socialismo?

—Nuestro experimento, nuestra experiencia entusiasmó a todos los interesados en procesos sociales. Muchas propuestas e intentos que el Presidente Allende puso en práctica los veo hoy repetirse en líderes políticos como Carrillo en España y Berlinguer en Italia. A veces, cuando leo algunos artículos en diarios europeos, tengo la sensación de estar escuchando a Allende. Repito: recibimos ayuda solidaria de los estados socialistas. Pero mucho más solidaria, mucho más fraternal fue la ayuda de Cuba. Un país pequeño. Un país en guerra. Un país sitiado. Un país que recibió un bloqueo económico: recuerdo la impresión que nos causó el ver llegar las cuarenta mil toneladas de azúcar de Cuba. Ésa fue ayuda real, ésa fue ayuda concreta.

—¿Cuál era la posición de la República Federal Alemana frente al gobierno de Allende?

—Teníamos excelentes relaciones con todos los Estados. Nos propusimos no inmiscuirnos en problemas para los que no pudiéramos ofrecer ninguna solución. Hay gente que decía que deberíamos haber hecho campaña por la cuestión árabe en Medio Oriente, contra Israel. Obviamente, desde un punto de vista ideológico apoyamos la causa palestina, pero también defendemos la existencia de un Estado israelí. En lo que respecta a Alemania, teníamos una buena relación tanto con la República Federal como con la República Democrática.

—Carlos, ¿crees que un trabajo común más intenso entre el gobierno de la Unidad Popular y los socialdemócratas de la República Federal Alemana habría podido evitar el derrocamiento de Allende?

—¿Cómo? ¿A través de la ayuda económica?

—La República Federal Alemana era, creo, el mayor comprador del cobre chileno que se obtenía a través de Anaconda…

—Además, la República Federal confiscó en Hamburgo un barco con cobre chileno… Pero sí, es posible. Seguro: una ayuda más intensa, no solo de parte de las socialdemocracias sino también de todos los antifascistas. Pero el compromiso de ayudarnos era mayor por parte  de los países del bloque socialista. Nuestro gobierno era socialista y así lo manifestamos. Era lógico que la mayor ayuda la recibiéramos de los países socialistas y así fue. Pero no fue suficiente. Y tampoco fue suficiente lo que hicieron los servicios secretos de los llamados países desarrollados. ¿No sabían que se estaba planeando una horrible conspiración contra Chile?

—¿Lo sabían o no lo sabían?

—Eso me pregunto. Si eran servicios de inteligencia debemos suponer que lo sabían; caso contrario, hubieran sido servicios de estupidez.

—¿Cómo explicas que Nixon, en el momento del acercamiento entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, se haya animado a apoyar el golpe en Chile sin poner en riesgo toda su política exterior?

—¿Los servicios secretos pudieron descubrir la intervención de la CIA recién después del golpe? ¿No estaba claro, ya desde la huelga de los camioneros, que la CIA los financiaba? Nosotros no teníamos el poder para evitarlo. ¿Acaso los grandes poderes que se reúnen en salones bien resguardados no negociaron también el caso de Chile?

—El gobierno de Willy Brandt tuvo grandes dificultades en ese momento para conseguir la aprobación de los tratados con el Este. Necesitaba hasta el último voto. También los votos de la oposición demócrata cristiana. En este contexto, el rápido reconocimiento de la RDA de parte del gobierno de Allende debe haber sido percibido como una acción poco amistosa frente al gobierno de Brandt. ¿No había ninguna posibilidad de que Chile reconociera a la RDA más tarde?

—Es probable. No lo sé. ¿Tú piensas que hubiera sido mejor, más pragmático, más adecuado para nosotros? Pero nuestro gobierno también tenía sus principios. El problema de las dos Alemanias no nos concernía de forma directa. Otro caso concreto: Cuba. Nosotros, y en especial el presidente Allende, fuimos fuertemente criticados por haber retomado las relaciones con Cuba cinco días después de asumir el poder. Hubo muchas fuerzas “sensatas” que expresaron: “¡caramba, esperemos que no se animen a ir demasiado lejos, que no se precipiten!”. Para nosotros, los compañeros cubanos eran una cuestión de principios más que una evaluación práctica. Y cuando retomamos las relaciones con Cuba, experimentamos una gran satisfacción, nos sentimos dignos. Esa dignidad, ese sentimiento de plenitud no aparece en los ingresos fiscales. Un gobierno puede recaudar mucho dinero, pero la partida dignidad no se expresa en dólares, ni en rublos, ni en marcos ni en ninguna otra moneda.

—¿Cómo se comportó la Embajada de la República Federal Alemana con los perseguidos por la Junta?

—El gobierno alemán envió una delegación a la Isla Dawson. Eso fue muy importante para nosotros. Nos sorprendió. En ese momento supimos que si nos mataban no iba a ser algo gratuito. Nuestra muerte, nuestro asesinato, nuestra desaparición iba a ser conocido en el mundo, y ésa es una gran tranquilidad para un preso que no sabe qué va a pasar con su vida. También me consta que el gobierno de la República Federal Alemana intervino a favor de muchos compañeros, en especial a favor de los compañeros del Partido Radical. Escuchamos también que los compañeros de la RDA hicieron un importante trabajo para desenmascarar a la Junta; algunos lograron engañarla: se presentaron como funcionarios de la RFA. Realizaron filmaciones sobre las torturas en los campos de concentración. Las dos Alemanias nos ayudaron, tenemos una deuda con las dos Alemanias, ambas fueron efectivas y debemos agradecerles.

—Se dijo que la embajada de la República Popular de China se negó a conceder asilo a los perseguidos por la Junta…

—Yo también lo escuché, pero no fui testigo. Aunque no conozco a ningún compañero ni a ninguna compañera que haya recibido asilo en la República Popular de China. Tengo también la impresión de que la República Popular de China mantiene excelentes relaciones con el gobierno de Pinochet. Es como si no se hubiera enterado de que hubo un golpe militar. Para ellos son lo mismo los chilenos fascistas y los chilenos antifascistas…

Muchos países no quieren romper relaciones con la Junta y ocultan su postura con la siguiente excusa: hablamos con la Junta, negociamos a causa de los presos políticos… Hay otros países que prestan otros servicios muy valiosos: Suecia, Rumania. Abrieron sus embajadas y les salvaron la vida a miles de compañeros. Muchos compañeros viven en la Unión Soviética, donde también reciben ayuda. Estamos muy agradecidos por eso. No nos sorprende. Lo contrario sí nos sorprendería. Por la Unión Soviética sentimos agradecimiento y un gran respeto.

—Cuando nos vimos a comienzos de 1975, me contaste que Allende quería dejar la Moneda para morir en la calle y que tú le dijiste: ¡Salvador, debes morir en la Moneda!

—No, Allende no quería morir en la calle, ya estaba claro que se había vuelto imposible continuar con la resistencia en la Moneda. Habíamos luchado durante varias horas. En el edificio de enfrente, creo que era el Ministerio de Obras Públicas, escuchamos los disparos de un foco de resistencia. Si solo hubiéramos tenido la posibilidad de cruzar la calle y llegar a ese edificio para conducir la resistencia desde ahí… A mí me pareció imposible de llevar a cabo. Y también existía el peligro de que al presidente lo consideraran como a un hombre que quería huir de la lucha. Su intención no era la de huir si no la de alcanzar un nuevo frente. Y avanzó en esa dirección. Pero finalmente, si había que morir, era mejor morir en un sitio histórico como la Moneda. Y entonces sucedió lo que todo el mundo conoce.

El plan a seguir era el siguiente: íbamos a salir en grupo a la calle y formar una pasarela  con nuestros cuerpos para que Allende corriera rápido por el medio. Pero era irrealizable, estábamos completamente descubiertos. Los tanques estaban por todas partes. No había posibilidad alguna de llevarlo a cabo.

—¿Cómo murió Olivares?

—Lo encontré agonizando herido de bala. Me saqué la máscara de gas para llamar a los médicos. El presidente escuchó mis gritos y bajó, pues estábamos en la planta baja. Me dijo que Augusto no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. Lo abracé, él también tenía los ojos llenos de lágrimas. El “Perro” fue uno de sus colaboradores más estrechos, fieles, desinteresados y abnegados. Para mí era como un hermano. El presidente ordenó el cese del fuego y pidió un minuto de silencio por Augusto Olivares. Unos momentos después, las tropas ocuparon La Moneda.

—¿Estabas presente cuando Salvador Allende murió?

—Estaba a unos pocos metros de la escalera. Me cuesta mucho hablar de eso.

 

Allende quería ser simpático con Jäcki e Irma.

Ambos fueron simpáticos con él.

Pero la situación revolucionaria:

podía hacer explotar cualquier cojín.

El hecho de que todo el tiempo la hija de Allende pudiera venir desde el otro lado de la puerta con Rusia al teléfono, el Departamento de Estado, Willy Brandt, Pekín, Valéry Giscard d’Estaing, Perón, hacía que Allende utilizara su bienestar incómodo para complacer tácticamente a Jäcki.

Y entonces le mostró tazas de plata, barcos, baratijas de políticos.

También con Allende, tuvo que hacer Jäcki lo que más odiaba –tuvo que hacerlo– como el embajador de la RFA: violar las reglas de la hospitalidad.

Y, como el último periodista del mundo, tuvo que hacer de su entrevista el centro de interés.

Probablemente, Allende hubiera preferido conversar con él sobre Gabriela Mistral y sobre los vinos de Bordeaux.

Jäcki habló sobre los trabajadores.

En las universidades había leído:

El trabajador tiene que…

El trabajador debe…

—Algunos sexys marxistas exprés, hijos de papá, que los mandaba a estudiar con Marcuse o Bloch, o Mandell, se armaban rápido algunas recetitas sobre lo que debe hacer el trabajador.

—El trabajador sabe hace aproximadamente diez mil años lo que necesita, vive la utopía, domina el entorno.

—El trabajador debe.

—¿No podrían, tal vez, los hijos de papá preguntar a los trabajadores qué les gusta?

Le preguntó Jäcki a Allende.

Y el astuto bonvivantlo entendió.

Debe haber sido el único revolucionario que lo entendió.

—En ese aspecto tiene razón—dijo.

Con algunos resuellos, Jäcki se preparó para la siguiente pregunta, con pasquín y maricones.

Pero en ese momento la ancestral catástrofe apareció desde el otro lado de la puerta.

La hija le comunicó algo al padre que empalideció.

Un par más de bagatelas sobre la Isla de Pascua.

La entrevista había terminado.

Quizás Allende estaba enojado.

Como Nyerere,

Allende había dicho en una campaña electoral:

hay dos cosas que nadie podría decir de mí: que soy ladrón y marica.

Pero los estudiantes socialistas que hablaron con Jäcki solamente se reían sobre eso.

¿Hacía la vista gorda con demasiada frecuencia?

Los trabajadores de las industrias textiles le regalaron al gobierno dos días de trabajo.

Vista gorda.

El carril especial para el ministro de justicia.

Vista gorda.

La portada de la revista.

¿Allende podía seguirles asegurando por mucho tiempo más un litro de leche a los niños hambrientos?

¿Y si a Salvador realmente no se le olvidó la octava partecita, la dieciseisava, la trigésimo segunda partecita de crema para los maricas hambrientos?

[p. 26–46]