En Chile el espiritismo emergió en un momento de avance del liberalismo y de intensas polémicas respecto al alcance de la Iglesia católica en la organización social y en la esfera pública. En ese contexto, el espiritismo se presentó como una oferta de formas de sentido religioso y prácticas espirituales compatibles con las lógicas de la racionalidad científica, y por lo tanto mejor capacitadas para contener el avance de la incredulidad y del materialismo como fenómenos distintivos del mundo moderno.

Todo empezó en 1848, cuando dos hermanas aseguraron haberse comunicado con un muerto, según parece un hombre asesinado cuyo cadáver había sido enterrado en el sótano de la casa donde vivían, en una localidad de Nueva York. Esa historia marca el inicio del movimiento espiritista, que en cosa de años se propaga a todos lados. Antes de concluir el siglo XIX, ya luce una constelación de organizaciones descentralizadas que rechazan toda forma de ortodoxia y osificación institucional. Ofrecen conferencias, editan libros, traducen textos, publican revistas y las intercambian, tramando un sistema de comunicación y erigiendo una comunidad a distancia que les ayuda a sobrellevar la enemistad de la Iglesia católica, el sarcasmo de los materialistas y el temor de quienes imaginan la presencia del Demonio detrás del retorno de los muertos. Acosados por las críticas, los espiritistas reciben el trato reservado a los herejes. En la década de 1870, el alto clero hispanoamericano acordó castigar la lectura de los “evangelios” del movimiento con pena de excomunión ipso facto incurrenda.

¿Quiénes fueron los primeros chilenos en adherir al espiritismo? Nada se sabe de sus nombres; oficiaron en privado, resguardados a la sombra del anonimato; no dejaron más que rastros tenues, casi imperceptibles. Según los indicios disponibles, un grupo chillanejo de adelantados, bajo el influjo de obras espiritistas arribadas a la ciudad desde Europa, decidió propagar la nueva doctrina. En 1862 publican una traducción del francés del Libro de los espíritusde Allan Kardec, casi el evangelio del movimiento. La jerarquía eclesiástica, alertada del arribo del espiritismo a Chile, se apresura a condenarlo. El obispo de Concepción, José Hipólito Salas, difunde entre los sacerdotes y los fieles de su diócesis una pastoral que llama a arrancar estas “yerbas venenosas” de la “viña del Señor”.

Ese texto inaugural de Kardec, en Santiago encontrará lectores selectos pero entusiastas, justo cuando el espiritismo y sus vicisitudes europeas comenzaban a llamar la atención de la prensa nacional. Poco a poco, crece el número de los interesados entre sectores con reputación de cultivados, hasta culminar en la formación de un centro espiritista en 1872 ó 1873, no está claro. En 1875, un testigo aseguró que los “sectarios de Allan Kardec, forman, entre nosotros en Chile, una armada no despreciable y que tiende a acrecerse […] hace un año, el cuchicheo de los iniciadores y afiliados, penetraba por todas partes, e iba sintiéndose la necesidad de cordones sanitarios para estorbar esa nueva especie de epidemia”.

A esto se reduce la etapa secreta del movimiento. Abandona las catacumbas en 1895. Ese año se inaugura en Santiago la Revista de Estudios Espiritistas, Morales iCientíficos, motivando la inmediata reacción del clero, que persistirá en acusar al movimiento de propagar “groseros dislates”, “ridículas patrañas” y “operaciones diabólicas” al servicio del Príncipe de las Tinieblas que, mudando de piel, volvía a tentar a los incautos. Al igual que en su periodo pre-natal, el espiritismo atrae a gente de sensibilidad liberal que resiente las trabas a su autonomía, desconfía del clero y anhela calmar la sed de absoluto que ya no satisface la religión “supersticiosa” de sus antepasados. Intelectuales eminentes, obreros anarquistas, mujeres sin miedo a la blasfemia, escritores a disgusto con el materialismo de la época: de todos los rumbos provendrán los conversos al espiritismo, algunos de los cuales incluso recorren el país para propagar la buena nueva en los pueblos y en las oficinas salitreras. Esa veta evangelizadora, presente desde el inicio, relativiza la idea del espiritismo como saber hermético. De ahí su relación ambigua con la tradición del ocultismo como cofradía de iniciados. “Las experiencias espiritistas”, escribió en 1905 un afiliado a un centro de Valparaíso, “no se hacen en el obscuro gabinete del nigromántico, ni en la cueva del hechicero, ni en el antro diabólico del alquimista”.

Los rituales son como el dinero, dice la antropóloga Mary Douglas. En ambos, su valor social y su eficacia simbólica dependen de la confianza. Sin esta, la moneda y los rituales se deprecian, entrabando los intercambios que constituyen los hechos económicos y los fenómenos sociales. El ritual espiritista: la sesión. Su protagonista, foco de la atención y soporte de la confianza: el médium. De esta figura con reminiscencias oraculares, se esperaba aptitud para encontrar el paso fronterizo que unía los mundos visible e invisible, facilitando la comunicación entre los vivos y los muertos. Con el chamán, comparte propiedades carismáticas que le distinguen del profano. Puede acceder a planos de la existencia que escapan a las rutinas cotidianas; muestra la propensión al trance que remite a la milenaria experiencia del éxtasis. Hombre o mujer, el médium es el canal para el retorno de los “desencarnados”, que es como los espiritistas llaman a los muertos. Vehículo de comunicación con el Más Allá, cada intervención suya implica una exhortación a guardar memoria del ausente en cuerpo; pero no en espíritu.

El médium en trance pone en escena un rito de despersonalización. Pierde su identidad y aloja en sí una entidad extraña, el espíritu de un desconocido o de alguien familiar. La sesión, decían los espiritistas chilenos, es un acto sacramental que celebra la fraternidad entre vivos y muertos. En contraste con la esperanza cristiana, que promete el reencuentro con los seres queridos en el Más Allá, y para toda la eternidad, el espiritismo propone trasladar la concreción de ese sueño al tiempo presente y al plano de la vida, convirtiendo la comunión de los santos en una experiencia para cuyo goce no hace falta morir.

La necesidad de consuelo emerge una y otra vez a la superficie de los textos sobre espiritismo. Quienes adoptan sus prácticas coinciden en señalar su capacidad para dar consuelo ante la experiencia de la muerte. La actividad del médium aligeraba la sensación de la pérdida, al posibilitar la permanencia de los vínculos. En las notas necrológicas que registran la muerte de los “hermanos”, los espiritistas apuntan que la pérdida del compañero en vida se compensa con la ganancia del auxilio de un espíritu amigo. La muerte no es ya el “ángel destructor” del pasado; ahora es un “ángel de luz”. El espiritismo se presenta entonces como un ars moriendi: una ayuda para sobrellevar mejor la muerte del otro y esperar la propia sin demasiada angustia.

El espiritismo manifestaba una propensión al igualitarismo. Todos podían participar de la sesión, e incluso protagonizarla. Aun la condición excepcional de médium quedaba al alcance de cualquiera, hombres, mujeres y niños. De aquí deriva parte importante del atractivo del movimiento: democratizaba la función sacerdotal, anulando el privilegio del clero como mediador entre Dios y los fieles, entre el cielo y la tierra, entre los vivos y los muertos. “La Providencia”, acotó una espiritista chilena, “ha querido que la nueva revelación no sea privilegio de nadie, sino que tenga sus órganos por toda la tierra, en todas las familias, tanto en los grandes como en los pequeños”. Cuando anochece, las familias se congregan en torno a médiums escribientes, para interrogar a los espíritus, algunos familiares, otros extraños, a veces figuras históricas como Jesús o Napoleón. “Hay familias que sesionan, previa invitación a los íntimos de la casa, con una regularidad”, afirmó un diario de Santiago en 1902, “que envidiarían los mismos […] regidores municipales”.

El espiritismo es un híbrido de religiosidad y ciencia, y esa mezcla en apariencia estrafalaria respondió a inquietudes típicas del mundo moderno. Por eso se difundió tan rápidamente. Como tantos en el siglo XIX, los espiritistas se sienten arrojados a la intemperie por el desplome de las certidumbres básicas para orientarse en la vida, cuyos cimientos habría arrasado el avance del materialismo y del escepticismo. En esa situación de desamparo, el espiritismo se presenta como un refugio, como un “faro en medio de la borrasca”, como un oasis de sentido entre los espejismos del mundo moderno.

Contra la idolatría materialista, el espiritismo no se conformó con reclamar el papel de la religión como órgano de la cultura encargado de atribuirle sentido a la existencia. También quiso hacerse un lugar en los territorios de la ciencia. No en las zonas administradas con la burocrática parsimonia de los custodios del saber, sino en los lindes del conocimiento, ahí donde se corren riesgos. Los espiritistas razonaban de esta forma: la prueba de la inmortalidad del alma en el marco experimental de las sesiones, remedo del trabajo de laboratorio, acallará a los materialistas que proclaman la disolución del ser en la descomposición física. La corroboración empírica de antiguas hipótesis metafísicas (la existencia de Dios, la inmortalidad del alma) prometía validar la creencia ante el tribunal de la razón. Presentado como vía intermedia entre religión y ciencia, el espiritismo alardeaba de conservar las virtudes de ambas, pero sin padecer ninguno de sus vicios: ni el fanatismo ni el materialismo, dos formas de sectarismo que reclamaban para sí el monopolio de la verdad, violentando las conciencias de los contemporáneos.